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A los libros les ocurre lo mismo que a otras tantas cosas que están llamadas a ser determinantes en un momento de nuestras vidas, incluidas algunas personas: tienen su momento. Y para mí el momento de “La geografía de la felicidad”, libro escrito por Eric Weiner, ha llegado en estos días tras descansar mi ejemplar plácidamente durante casi diez años, acomodado en segunda fila tras una montaña de libros.

 

 

Subir montañas es complicado, pero si quieres ver lo que hay detrás, sólo te queda hacer eso o rodearla. Decir que soy colega de Weiner es muy pretencioso, máxime cuando uno repasa su currículo y especialmente su pasaporte, pero digamos que ejercemos cosas en común: periodismo, libros e interés por saber y compartir cosas sobre la felicidad. Su trabajo pasó sin pena ni gloria por el mercado español cuando fue publicado por Grijalbo, así que conseguir un ejemplar puede ser tarea imposible. Confieso que no he realizado ninguna búsqueda al respecto. Pero invito al lector de estas breves líneas a que lo haga.

Es un libro muy divertido y lúcido, con una visión mordaz e irónicos enfoques que nos hacen reflexionar sobre aquello que entendemos por felicidad, lo que suponemos que nos hará felices, la capacidad para fluir en las situaciones más adversas, las luces y las sombras de lo que nos dice la psicología positiva al respecto al confrontarlo con las múltiples realidades. Escribe que “La felicidad, podría decirse, es la nueva tristeza”, para sintetizar el despertar que sobre el tema ha vivido la psicología en las últimas décadas. Weiner, tras visitar al sociólogo holandés Ruut Veenhoven, artífice de la Base de Datos Mundial de la Felicidad y conocer el ABC científico sobre el bienestar subjetivo, viajó por diferentes países para conocer de primera mano qué hace a sus habitantes más felices que al resto, y esa aventura es una que a mí personalmente me habría gustado vivir. Países Bajos, Suiza, Bután, Islandia, Tailanda, India… son algunos de los territorios que ha explorado y en los que ha gestado conceptos como “satisgoción”, para definir la manera suiza de vivir la felicidad, un estado que pasa de la mera satisfacción pero no llega al gozo total, gozo y serenidad combinados. En las páginas de Bután –país que acuñó el concepto de Felicidad Interior Bruta- leemos secuencias tan divertidas como la vivida con su guía Tashi al volante “No tardo en descubrir que conducir en Bután no está hecho para los mansos. Curvas cerradísimas, caídas a pico (sin quitamiedos) y un conductor que cree firmemente en la reencarnación se combinan en una experiencia devastadora para los nervios. No hay ateos en las carreteras de Bután” 

Me lo estoy terminando de leer, pero son tan buenas las sensaciones, que he querido anticipar su recomendación a quienes tengan el criterio de tomarla en cuenta. Espero aportar más argumentos en una próxima crónica.

José Gregorio González

Colaborador de Ser Brillante